Me encanta saber que tengo amigos que (con O) son "cocinillas". El otro día, mi compañero Víctor me dijo "Belén, ¿por qué no pones esos truquitos de los que hablamos en redacción? yo eso, en casa, lo pongo en práctica". Ciertamente me hizo mucha ilusión.
Me puse a pensar en truquitos que utilizo yo en la cocina para "regalarle" uno de ellos y de repente me di cuenta de que lo que realmente quería escribir es que es genial que por fin los hombres se líen el delantal a la cabeza. Y no me refiero a los cocineros-estrella (que son en su mayoría hombres) ni a aquéllos jóvenes que empiezan profesionalmente su andadura por uno u otro fogón. Hablo de los parias de la patata, que se hartaron de pedir pizza y que hoy han descubierto la cocina del día a día.
Cocinar es terapéutico, es un gesto de cariño (si lo haces para compartirlo con otro), es creación y es ordenar el pensamiento. Yo cuando cocino, ordeno las ideas, ordeno cosas por dentro; por eso, a veces pienso que algunas ideas me saben a bechamel y otras a huevo frito. Compartir esos momentos en paridad, en igualdad, me encanta y me enriquece. La forma de vivir, de pensar y de cocinar no es la misma en hombres y mujeres y aunque parezca antagónico lo que digo en realidad con estas líneas, a pesar de las diferencias, hablo de igualdad.